Es uno de los días más significativos del año. Es motivo de alegría, de tristeza, de euforia, de indiferencia, de encuentro, desencuentro, de esperanza. Es el fin de un ciclo y el comienzo de otro. A los que 2013 no les resultó amable apostarán que 2014 sea más venturoso y a aquellos que les fue bien anhelarán continuar la racha. El 31 de diciembre obliga generalmente a un balance: se piensa en lo que salió bien y en los fracasos. Tal vez para no iniciar el nuevo tiempo con un sabor amargo sea necesario no regodearse en lo negativo y pensar que no se puede volver atrás.
Hace unos años, en una producción periodística que efectuamos acerca de cómo enfrentar el último día del año con “la frente alta”, el director del Observatorio de Ampimpa señaló: “El tiempo es irreversible: lo hecho, hecho está y lo que no se hizo y no fue, ya no se puede cambiar. El tiempo no da marcha atrás. Entonces, ¿por qué detenernos tanto en examinar y revisar aquello que ya no se puede cambiar? En realidad, por unas pocas razones que tienen que ver con el futuro y no con el pasado: para reparar aquello que pueda ser reparado, para no volver a cometer los mismos errores, pero principalmente para reconocer los aciertos que nos indicarán el camino correcto hacia el éxito”.
Una licenciada en psicología se refirió al último día del año como un momento en el que podemos preguntarnos acerca de nuestra responsabilidad en los planes futuros, así como en posibilidad de tomar las riendas de nuestra vida, en el caso de que no lo hubiésemos hecho. “Los invito a perdonarse un poco por lo no logrado en el año que se va; a implicarse en los planes y proyectos que sostenemos para el próximo, y a mantenernos al margen de los proyectos titánicos, sabiendo de antemano que sólo sirven para que no se concreten. Si el año nuevo trae consigo un cambio de actitud ante la vida o la planificación de nuevas metas, entonces no necesariamente el comienzo de un año debe coincidir con el 1º de enero, sino con el deseo de ser protagonistas de la novela más importante de todos los tiempos: nuestra vida”. afirmó.
Así como es importante la reflexión en lo personal, sería interesante que se aprovechara el momento para pensar en cómo podemos participar activamente en proyectos comunitarios. Generalmente, nos quejamos de la realidad que vivimos, pero no nos involucramos en ella. Como un partido de fútbol, donde cada espectador critica a los jugadores y tiene su propia fórmula para el triunfo, pero es incapaz de jugar. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, qué podemos hacer por el bienestar de nuestra comunidad, independientemente de que los representantes tengan la obligación de trabajar por ella porque para eso han sido elegidos. La droga, la violencia en las escuelas, la marginación, el analfabetismo, son temas irresueltos en los que se puede trabajar a través de ONGs.
Sería positivo que en 2014 la clase política cediera un espacio importante para promover la participación ciudadana. Deberíamos aprender que no hay soluciones mágicas y que, cuando las adversidades a superar son grandes hay que tener la amplitud de criterio y la humildad suficiente para solicitar la colaboración de los demás cuando uno se siente sobrepasado.
La autocrítica siempre es sana para seguir creciendo. Dependerá de cada uno de nosotros si hacemos de 2014 un manojo de quejas o un canto a la esperanza.